Félix Nazareno Pifano
Como un modesto aporte cultural a la cultura regional, el “Fondo Editorial Río Cenizo” de la Alcaldía de Iribarren acaba de editar un libro que lleva como titulo “Una mujer engorilada y otras 17 obras más”. Su autor Gilberto Agüero Gómez, conocido dramaturgo larense, cuya obra pese a ser conocida y elogiada por los críticos y el público, solamente sido publicada (una de ellas) en una edición muy modesta. Gilberto Agüero acaba de estrenar en Caracas una de sus últimas obras teatrales para niños “Maluko y Pezima contra lopna” gracias a un numeroso grupo de patrocinantes caraqueños, que aquí, en su tierra no pudo conseguir. (La presentación en Caracas durará hasta el 19 de diciembre en la Casa del Artista Doris Wells – sábado y domingo, a partir de las 3 p.m.)
“Una mujer engorilada… y 17 obras más”, es la segunda obra de un dramaturgo larense publicada por el Fondo Editorial Río Cenizo de la Alcaldía de Iribarren, siendo la primera “Casa de Piedra” del conocido y celebrado dramaturgo Omar Arrieche, precozmente fallecido. Pudiera llamar la atención nuestra insistencia en la publicación de obras teatrales. Nuestra intención e intereses en editar algo que tenga interés social y pueda ser conocido por el gran público con su representación, siendo por otra parte la lectura del teatro, algo muy difícil por las grandes mayorías e inclusive por las minorías. No hay que olvidar además que el teatro fué uno de los géneros literarios en la Antigua Grecia, donde tuvo como espectador el gran público y fué en gran medida a través de las representaciones teatrales que la cultura se difundió.
La obra que el Fondo Editorial Río Cenizo, acaba de editar tiene un largo prologo del conocido escritor José Antonio Yepes Azparren, quien nos da con el una visión completa del autor y su obra y un comentario especial a una de sus obras más importantes (El solista) que le permitió “saber que estaba frente a un dramaturgo en el real sentido de su significado”. “Con el tiempo sabía que Gilberto Agüero no es autor de una sola pieza”, sigue comentado el prologuista, insistiendo sobre “la importancia de la publicación en la bibliografía venezolana y para la literatura”, consiguiendo finalmente “un gesto digno de ser aplaudido pues es a un tiempo un acto de justicia literaria con un nombre que ha marchado siempre a contracorriente de la autopromoción y otras mentiras”.
Conocí a Gilberto Agüero por intermedio de Ramón Querales. Me llamó la atención profundamente la atención su gran modestia sencillez, rasgos propios de los hombres sabios. Soy gran lector – diría casi compulsivo – de todo lo que me cae entre manos más ahora que los años me vienen cayendo encima, siempre más pesados. Lamento no haber podido ser lector de poesía y de teatro. Con el libro de Agüero, fué por ser mi deber que lo leí, al abrirlo por azar me encontré con un titulo que me llamo la atención. Decía “Colonia”. Pieza dramatizada, había un solo personaje. Desde el titulo pensé que tenía que ver con la psiquiatría y me sumergí en su lectura sin interrumpirla hasta el final. Lejos de mi una critica de experto en materia como señala el titulo es una charla dramatizada.
En la descripción del personaje, el charlista lo describe como un señor, vestido impecablemente de gris, con corbata y bata blanca por encima del traje. Carga un pequeño frasco del cual quita la tapa y huele probablemente porque no soporta el olor del lugar (la colonia siquiátrica con sus olores característicos de podredumbre y suciedad, propias de la enfermedad mental). Además carga una jarra de agua. Comienza con decir “no hablaremos de patología sino de la ineludible necesidad de conservar la salud mental del ciudadano común precisamente para evitar las enfermedades”. Sigue hablando y tomando sorbos a sorbos de agua, como si se le secara la lengua. Entre sorbos y sorbos cita a la carta de Antonin Artoud a los directores de los manicomios y dicta una lucida y muy comprensible charla sobre todos los aspectos de la enfermedad mental. A medida que venía hablando, me fui acordando de las muchas charlas que había oído sobre el tema y que yo mismo había dado, sintiéndome admirado y estupefacto por la claridad con que el charlista exponía el tema. Me sorprendí mucho cuando, al final, apareció un hombre alto y musculoso con porte de enfermero y otro que le señaló detener el expositor “El enfermero obedeció y el se sometió con tranquilidad y el charlista cantando “Todo se derrumbo”.
El charlista, al que había admirado por su brillante exposición, resultó ser un loco. ¡Vaya metáfora! Al final quedé convencido que con Gilberto Agüero, “estaba frente a un dramaturgo en el real sentido de su significado”.