Marco Tulio Gentile
El poeta no puede llenar correctamente la planilla; no se trata de incapacidad, el problema radica en el famoso lugar común denominado “autoestima”: un poeta, en el mayor de los casos, es un pensador, y aunque haya paseado su vista por todos los conocimientos inherentes a la sociedad donde vive, estudiando minuciosamente los textos, tratados, artículos y demás formas de la documentación que sostiene el conocimiento del sistema, su aptitud (diferenciemos, aunque no haga falta, la confusión de conceptos: Actitud: Conducta. Aptitud: Apto para desempeñar una tarea) le obliga a sopesar todo cuanto le rodea. Esa búsqueda que muchos consideran una pérdida de tiempo, le arrastra a lugares siniestros y melancólicos, pues el constante rodar del molino intelectual le hace prescindir de los conceptos dados por “exactos” y que revisados en su mínima expresión son solo chiches de una conceptualización manejada para el conformismo de todos. Entonces su interés se obnubila en la razón primigenia y deja a un lado las circunstancias por las que recreó un pensamiento, abandona a su suerte, tal como los científicos, la teoría esencial si encuentra una grieta, y por allí se licúa hasta llegar –no importa la veracidad- hasta el último grano de mostaza que fundamenta su intuición.
Pero su trabajo nunca es reconocido sino en términos de belleza estética y simbolismo, nadie lo quiere para concretar, así conozca a fondo lo que pocos al alcance puedan conocer, gracias a su dualidad que le impide ser tomado en consideración.
Históricamente fue rebajado a un come-flores drogado con la realidad de un sistema propio donde sólo él existe, a pesar de que sea el único que intuye los cambios y fibras sensibles que mueven la corriente fluvial de las emociones humanas, y por ende sus acatos posteriores. Los valores predeterminados por una minoría pensante –como él- que maneja a su antojo los paradigmas esenciales de los herbívoros: Entendiendo por éstos, -sin ánimos de ofender a la mayoría que ofendo- a todo aquel que centre sus voluntades a la voluntad establecida por la aceptación general en perjuicio a sus pensamientos propios.
Muchos de ellos no han podido llenar los requisitos que el sistema social instituido les exige, porque sus intereses se han centrado en una verdadera situación en lo que son “competentes”, dedicados a encontrar una salida a la crisis hipotética que se plantean, queman sus energías artísticas y vitales en detrimento de su bienestar social y humano. Se imaginan un mundo con los ojos abiertos cuando significa, eso, una utopía inalcanzable, la única manera de que así fuere sería convertirse en lo que tanto odia: un simple instrumento de idealización en una geografía políticamente delimitada por el grupo más poderoso.
Pero no queda allí el sufrimiento del poeta, su mugre se adhiere a él en el momento que hace de su vida una sola con su pensamiento, -aunque sea allí cuando se siente más orgulloso de sí mismo- cuando le atacan los remordimientos mas atroces: la soledad de verse en las pupilas de sus cercanos como un fenómeno equivocado, la lejanía de su mujer que no lo entiende y lo ve como un soñador de su literatura egocéntrica, el desprecio de los utilitarios que solo adoran el modelo monoproductor que les mantiene vivos a fuerza de silencio y esclavitud, la soledad que poco a poco le aísla de sus antiguos hermanos simpatizantes de una antigua doctrina, las conversaciones que ya le parecen ingenuas, las similitudes entre las viejas y las nuevas propuestas, la incredulidad de cuanto modelo lanza el capitalismo, las promesas, los vestigios de viejos corruptos en las nuevas administraciones, en fin, no le queda otra opción que asumir una “actitud” crítica y dubitativa ante cada circunstancia.
Y todo lo que dicen de él se da por sentado; porque siquiera invierte sus fuerzas en defenderse; sus intereses lo llevan a un total desconocimiento de las acciones que pueden salvarle del escarnio. Y cuando ya se ve como un coleto a la vista de todos, no le queda más que dedicarse a sí propio y endulzarse en las ligas del alcohol y cuanta anestesia encuentra para con su sufrimiento. Si bien es cierto que le importa poco lo que piensan de su integridad las personas obnubiladas por el conocimiento establecido, sí le importa la soledad a la que se ve sometido. La diferenciación de roles a la que nunca accede, la contraventura, por sus formas, a que lo somete la opinión de sus familiares, la exclusión de la generación donde compartió y creció como persona, aún tratando de acoplarse, haciendo ciertas y dolorosas concesiones, en busca de la tan anhelada aceptación social. Ciertas cosas que le merecen un poco de respeto, aunque sea un dios muerto atormentado.
Sucede, muchas veces, que cansado de la inopia sentimental en que yace, se entrega a la banalidad que tanto critica… ¿Y cómo describir la ansiedad que siente al verse como una raza ajena? ¿Puede acaso criticársele el querer ser parte de la historia? ¿Alguien tiene la certeza de que él no sufre los cambios y retrocesos?; los vive tan pasionalmente como el más puro de los interesados. Sólo que el verdadero poeta es capaz, como el verdadero humanista, de sacrificar su felicidad por la felicidad de todos. Pero en esta sociedad solo interesa una cosa: el bienestar ajeno sobre el bienestar de mi hermano. Así cualquier persona ubicada en la perspectiva vital del poeta se transforma en un odiador, pero no él: carcomido por internas fuerzas de malvadización, lucha sobre su odio y lo transforma en un amor crudo por la generación por venir, donde centra el último reducto de su esperanza, y no es otra que la recapacitación del error de su era, anunciando una nueva estirpe de hombres que postulen la libertad de ideas, plena y segura, sobre los intereses de la época, tal y como lo postulara Jesús; el hijo de Nazareth: “Uno sólo es el padre” (El último conocimiento de la verdad) “y nadie llega a él sino a través del hijo” (El desarrollo de ese mismo conocimiento). Ahora, si quieren, apedréenme bajo la ley.
Marco Tulio Gentile 08/09/2005